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domingo, 5 de mayo de 2013

El sitio donde se recogen solas las cosas

David descubrió a los cinco años el sitio donde se recogían solas las cosas. 
Y lo hizo por casualidad.
En su habitación, junto a la ventana, había una esquina en particular en la que le encantaba jugar con sus muñecos. 
La combinación de brisa y calor era la idónea. Allí su mente viajaba en el tiempo y el espacio, donde sus compañeros de plástico vivían toda clase de aventuras.
Tras una hora de juego, su madre lo llevaba al parque, para que, en palabras de ella, tomase un poco el aire.
A su regreso a casa y tras una rica merienda, volvía a su rincón especial para soñar más viajes imposibles.
El tiempo que perdía en sacar a sus muñecos del cajón en el que su padre le enseñó a guardarlos le parecía un derroche. 
Así que esa tarde en particular los dejo en la esquina con la intención de que a su regreso allí le aguardasen.
Para su sorpresa no fue así. 
Tras la deliciosa papilla de frutas descubrió que los muñecos habían regresado a su cajón, 
aunque desconocía como.
Su madre lo llamó para su baño y fue cuando decidió hacer una prueba, se quito un calcetín y lo posó donde escasos minutos antes se había librado una batalla en Marte entre playmobils y tortugas ninja.
No salió de su asombro cuando minutos más tarde descubrió el calcetín, junto con su pareja, perfectamente doblado en el cajón de las mudas.
Los experimentos se sucedieron en los dias posteriores.
Coches, muñecos, cuadernos de dibujo, dinosaurios, cuentos infantiles, camisetas, gorros. 
Todo cuanto estaba de su mano era abandonado en el sitio donde las cosas se recogían solas.
Con los años dejó de sorprenderle y lo tomó como un habito. 
Mochilas, playeros, libros de texto, pantalones, gorras, un balón de fútbol, una raqueta de tenis. 
Daba igual la cantidad, o el tamaño de los objetos, cada vez que regresaba a su cuarto todo había vuelto a su sitio. 
Como por arte de magia.
David, al igual que todos los niños creció hasta ser un hombre, y como tantos hombres al igual que él, vivió por muchos años con su familia. 
Ya había dejado de preocuparse por el misterio del sitio donde se recogían solas las cosas, en su mente ya no había tiempo para las batallas en Saturno, la conquista de la Antártida, o los guerreros oscuros de la luna. 
Su rutina de buscar trabajo se prolongaba en los años.
Y la frustración de no poder ganarse la vida por si mismo abarcaba todos sus pensamientos.
El día que su madre no volvió del trabajo, fue el mismo en que el sitio donde las cosas se recogían solas perdió su magia.
Minutos antes de que su padre lo llamase con la funesta noticia, había arrojado al rincón su jersey favorito, el mismo que su madre le había regalado por aprobar su carrera.
Lamentaba no haber podido ayudarla más a menudo, demostrarle lo mucho que era para él.
Su mente capaz de albergar viajes interestelares, hombres capaces de vencer a un ejercito con sus propias manos, había tardado en ver la magia de la que era capaz su propia madre, benefactora del sitio donde se recogían solas las cosas, y artífice del primero y más importante de los milagros que el conocía, su propio nacimiento.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Regalos

"A veces llega un momento, en que te haces viejo de repente, 
sin arrugas en la frente, pero con ganas de morir."
La Senda del Tiempo (Celtas Cortos, Gente Impresentable, 1990)


Le pesaban los años, los huesos parecian arder. La respiracion entrecortada, momentaneamente alterada por pequeñas tandas de toses y esputos. 
La mirada cansada, el lento caminar arrastrando los pies, como el preso que arrastra una bola de hierro.
Era un viejo de apenas veinte años. 
Todo su cuerpo se había rebelado contra él. 
En su interior una célula maligna atacaba uno por uno todos los órganos que encontraba a su paso, extendiendo su alargada sombra y robando su vitalidad.
El largo devenir entre los pasillos del hospital era la única manera de mantener la mente en blanco. 
Arrastraba las zapatillas en cada paso, con pesadez, mientras dejaba que la mente viajara a un momento más agradable de su vida, antes de que la enfermedad se cebase en él.
Sin embargo nunca había gozado de una buena vida. Tan solo atesoraba la forma ondulada de sus cabellos, heredado de una madre que murió al traerlo al mundo.
Tal vez debido a eso creció tan debil.

Su esperanza de vida menguaba con cada nueva sesión de quimioterapia, con cada pelo perdido en el lavabo, borrando del espejo el reflejo del único y más valioso de los regalos de su madre.

El único momento puro de su vida, antes de que se le partiera el corazón a la temprana edad de 9 años.

Ya no recuerda su nombre, solo que olía a vainilla, era la chica más bonita de la clase, todos los demás niños estaban prendados de ella.
Se sentía la persona más afortunada del mundo de poder decir que ella era su novia.
Aunque no entendiese del todo bien porque había sido el elegido. 
El hecho de que su padre tuviera un puesto de helados no parecía ser un motivo en su inocente mente.

El latigazo que destrozo su costado, al ver como besaba en los labios, al que era su mejor amigo, el atleta de la clase, a continuación de que le entregase una magdalena echa por su madre la repostera.
La mayor de las traiciones, dos de las personas que más quería, conspirando contra él.
Los corazones son como los motores de los coches, es demasiado costoso y laborioso repararlos, pero a base de parches se convierte en una tarea posible.
Por desgracia el suyo aún no se había formado del todo, 
por lo que fue imposible la reconstrucción.
Es más, todavía hoy cree que ese fue el origen del virus malvado, 
que amenaza con apagar su cuerpo.
¿Como la persona que más felicidad le proporcionaba había sido capaz
 de arrancarle las entraños de ese modo quirúrgico y frío?
Tras más de seis meses luchando, 
y coincidiendo con la caída del ultimo de los ondulados cabellos, se rindió.

Tomo la más difícil y sensata de las decisiones, 
aunque le había llevado una década tomarla, 
no podía vivir sin corazón.